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Gloria y tragedia en Vallecas

Al comenzar el verano de 1956 coincidieron en Vallecas con una diferencia de apenas dos días dos hechos históricos extraordinariamente emotivos: uno, el primer gran ascenso del Rayo Vallecano en su historia, que fue a Segunda División (el que hubo a Tercera en el verano de 1949 fue en los despachos), vivido con inusitada alegría, y otro, una de las mayores tragedias acaecidas jamás en el Puente: el hundimiento de una casa en el número 25 de la calle Crucero Baleares, esquina a Rogelio Folgueras, muy cerca del Estadio de Vallecas, saldado con 14 muertos y numerosos heridos. Fueron horas de enorme agitación y conmovedores momentos, con la solidaridad como protagonista.

El ascenso a Segunda fue logrado por el conjunto franjirrojo tras una magnífica temporada. Con Cándido Manchado de entrenador y Jerónimo Martínez de presidente, finalizó la primera fase en Tercera División como campeón del grupo decimosexto, por delante del Aranjuez, con un balance de 13 partidos ganados, 2 empatados y 3 perdidos; con 50 goles a favor y 24 en contra.

Resultaron claves en el éxito rayista los fichajes que se habían realizado de, entre otros, el interior izquierdo Inocencio Magán, pulmón del equipo, procedente del Hellín; el extremo izquierdo Tomás, que llegó del Gas; el extremo derecho Antonio Corbalán, formado en el Puig, de Vallecas, que había militado en los equipos Gas, Cultural Leonés, Marconi, Aranjuez y, en la anterior campaña, Plus Ultra; el veterano defensa central José Torres, nacido en Vallecas y formado en el Rayo, que regresaba al club con 32 años tras haber jugado en el Atlético de Tetuán, Málaga, Zaragoza y, la temporada anterior, Algeciras; y el portero Leyva, que había pertenecido a la primera plantilla del Atlético de Madrid. A estos fichajes había que sumar la continuidad de hombres tan asentados en la plantilla como el incansable centrocampista Sito y los delanteros Paqui (que haría una excelente temporada), Peñalva (un seguro de gol) y el pequeño extremo izquierdo Pintos. Aquel año la afición recitaba de carrerilla su delantera favorita, hoy mítica: Corbalán, Paqui, Peñalva, Magán y Pintos. El último se alternaría en el puesto con Tomás.

LA AFICIÓN SE MOSTRÓ DETERMINANTE AL ACUDIR EN ELEVADO NÚMERO A LOS PARTIDOS FUERA DE VALLECAS, EN OCASIONES SUPERANDO LA CIFRA DE 2.000 PERSONAS

No menos heroico fue el comportamiento de la hinchada rayista durante toda la temporada. En los partidos en Vallecas se sucedían los llenos y en los desplazamientos acompañaban al equipo centenares de aficionados, a veces más de mil personas, portadores de ocurrentes y cariñosas pancartas e infatigables en sus cánticos, vivas y alirones. La figura de los niños-mascota, simpáticos con sus atuendos franjirrojos, destacaba en los grupos rayistas, que se solían trasladar a los campos rivales formando largas caravanas de vehículos en las que reinaba el espíritu familiar. El antiguo entrenador, masajista y vocal del club, Luis Pérez López (”el Chino”), se encargaba de organizar los viajes más concurridos y de contratar los autocares necesarios. La ilusión por la marcha del equipo era inmensa.

El Rayo confirmó los buenos augurios iniciales al quedar segundo en la clasificación final de su grupo de promoción a Segunda División. El balance fue de 9 partidos ganados, 1 empate y 3 derrotas; con 35 goles a favor y 20 en contra. De nuevo la afición se mostró determinante al acudir en elevado número a los partidos fuera de Vallecas, en ocasiones superando la cifra de 2.000 personas. Las caravanas a Aranjuez, rival también en la segunda fase, con multitud de coches y 50 autocares desplazados, y a Zaragoza, para jugar contra el Amistad, con 19 autocares e igualmente con numerosos vehículos particulares, fueron impresionantes. La prensa resaltó este apoyo inusual a un club de fútbol hablando de cariño y de, que alguien tome nota, “unos directivos que hacían de acomodadores”. Las esperanzas de ascenso eran tan grandes que el equipo empezaría a concentrarse en las fechas previas a los partidos más decisivos en el Hotel Nacional de la localidad madrileña de El Plantío, primer lugar de concentración en la historia del Rayo Vallecano.

Sólo quedaba un paso para subir a Segunda: una eliminatoria a doble partido contra el Tarragona. El 24 de junio, en la ciudad catalana, el Rayo obtuvo una esperanzadora derrota por 2 a 1. Iba perdiendo por dos goles a cero, pero rozando el final del encuentro un centro de Tomás fue aprovechado por Corbalán para reducir distancias.

 

UN 29 DE JUNIO DE 1956

El viernes 29 de junio de 1956, a las seis y media de la tarde, en el Estadio Metropolitano, feudo del Atlético de Madrid, el Rayo Vallecano iba a jugar el partido hasta la fecha más importante de su historia. Estaba en el aire el ascenso a la división de plata del fútbol español. El encuentro no pudo celebrarse en el Estadio de Vallecas por el excesivo dinero que pedía para su alquiler el dueño del recinto. No obstante, miles de aficionados franjirrojos se desplazaron al estadio de Reina Victoria, próximo a Cuatro Caminos, provistos de numerosas pancartas, banderines y petardos.

En la concentración previa en El Plantío se sentía la trascendencia del choque. El partido fue dominado por el Rayo. El conjunto vallecano ofreció la siguiente alineación: Leyva; González, Torres, Coto; Martín, Sito; Corbalán, Paqui, Peñalva, Magán y Tomás. Los puntos y comas utilizados entre nombres separan las líneas del sistema de juego utilizado: el clásico 3-2-5 de la época. En el minuto dos y medio ya se adelantaban los franjirrojos merced a un gol de Paqui a centro de Martín. Sonaban los primeros petardos. En el diecisiete era González el que centraba y Tomás, a bote pronto, lograba el segundo tanto. Más petardos. Sólo cuatro minutos después, disparaba Magán, rechazaba el portero y Corbalán ponía el tres a cero en el marcador. La euforia de desató entre la hinchada vallecana. Sin embargo, poco después el Tarragona marcaba y frenaba un tanto los ánimos de jugadores y aficionados rayistas. Se llegaba al descanso.

La segunda parte se iniciaba con otro gol vallecano, logrado por Corbalán tras un fallo del portero catalán. En el minuto veintiséis volvía a marcar el Tarragona, pero sólo cinco minutos después Peñalva -nadie se lo podía merecer más- conseguía el 5 a 2 definitivo. Al concluir el encuentro, el campo fue invadido por los aficionados vallecanos. Petardos y cohetes estallaron mientras se sucedían las risas y los abrazos entre la familia rayista. Los jugadores fueron retirados a hombros del terreno de juego. El regreso a casa fue una verdadera fiesta. Se formó una caravana de coches que, haciendo sonar de manera constante las bocinas, recorrió el Paseo de la Castellana, atravesó Cibeles y llegó a Vallecas de un modo triunfal.

CONMOCIÓN POR LA TRAGEDIA DE LA CALLE CRUCERO BALEARES

La prensa habló de hazaña y detalló los oficios en los que se empleaban los jugadores vallecanos, salvo tres excepciones todos amateurs: dos carniceros (Barco y Paqui), un frutero (Angelete), un sastre (Leyva), un peluquero (Magán), un alfarero (Peñalva), un mecánico ajustador (Coto), un ebanista (Tomás), un auxiliar administrativo que trabajaba en un hotel de la Gran Vía (Corbalán), un administrativo (Barrasa II), un lechero (Sito), un estudiante de tercero de Medicina (Vicente López), un soldador (Pintos) y un fumista (persona que arregla cocinas, estufas y chimeneas; Merencio). Sorprendentemente, en costumbre actual entonces muy arraigada, sólo seis hombres continuaron en el club: Torres, Coto, Sito, Tomás, Corbalán y Peñalva.

Dos días después del partido contra el Tarragona, el domingo 1 de julio de 1956, en pleno júbilo por el ascenso conseguido, el trágico suceso del hundimiento de la casa de la calle Crucero Baleares número 25 conmocionaba no solo a Vallecas sino a todo el país. El siniestro tuvo su origen en el fuego desencadenado a las ocho de la tarde por un cortocircuito producido en el taller de ebanistería y barnizado de muebles Hermanos San Nicolás, en la planta baja del edificio. En los tres pisos superiores vivían seis familias que abandonaron sus hogares sin poder sacar ninguna pertenencia. Sofocado el fuego, que había llegado a amenazar a las viviendas colindantes, se quedó en el lugar un retén de bomberos que, ayudado por numerosos vecinos solidarios, comenzó a refrescar el edificio, con tan mala fortuna que, a las once de la noche, éste se derrumbó estrepitosamente sepultando a muchos presentes. Hubo catorce muertos, incluidos cinco bomberos, y más de treinta heridos de gravedad.

La solidaridad de los vecinos que ayudaron a enfriar el edificio y encontraron la muerte tuvo su continuidad en la generosidad de otros vallecanos que, pese al inconveniente de la falta de luz, se volcaron en rescatar los cuerpos de fallecidos y heridos entre unos escombros que alcanzaban los tres metros de altura. Los angustiosos gritos de auxilio de los sepultados servían de orientación. En la Casa de Socorro del distrito y en la Clínica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se personaron, además, más de cuarenta vecinos que ofrecieron su sangre para transfusiones.

La tradicional misa rayista en la Parroquia de San Ramón Nonato para dar gracias a la Virgen del Carmen, patrona de Vallecas, por el ascenso conseguido, se pospuso al domingo siguiente. El día 5 de julio, en un restaurante de Cuatro Caminos, se celebró una comida más de las muchas previstas para festejar la hazaña. La Peña La Revoltosa, de Chamberí, era la anfitriona. Su presidente, el señor Ortega, pidió a la directiva vallecana que organizase un partido a beneficio de los familiares de las víctimas por el hundimiento de la casa. Jerónimo Martínez aceptó la propuesta, acordándose la celebración de un encuentro el día 15 de ese mes entre el Rayo Vallecano y un combinado de jugadores del Real Madrid y el Atlético de Madrid. Parece que la voz de las peñas era más escuchada que ahora.

Al partido homenaje, disputado en el Estadio de Vallecas, acudió numeroso público. El combinado, que contó también con efectivos del Plus Ultra, y en el que se alinearon varios exjugadores rayistas, estuvo formado por Plaza, en la portería; Elizondo, Cobo y Verde, de defensas; Lolo y Víctor, de medios; Burillo, Callejo, Escudero, Santamaría y Díaz, de delanteros. El jugador más seguido por los espectadores fue el atlético Adrián Escudero, delantero centro que es hoy todavía el máximo goleador de los colchoneros en Liga, con 150 tantos. El resultado final fue de 2 a 3 a favor del combinado.

En aquellos intensos días, de tanta alegría y dolor, la solidaridad volvió a mostrarse como un valor fundamental en Vallecas. Otros gestos en el mismo sentido han dignificado la historia del club franjirrojo. Ahora, inmersos en una crisis muy cruel en los barrios humildes, un buen número de rayistas sale cada temporada a la calle a intentar aliviar las necesidades de los vecinos que peor lo están pasando…

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