90 años de historia y valores

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DIRECTIVA DEL RAYO

AÑOS 20

Archivo de la familia Huerta-Priego

No hay club de fútbol que al apelar a su historia no aproveche la ocasión para hablar de algo intangible e indeterminado en lo que puede caber cualquier cosa, idea o expresión: los valores. Todos los equipos presumen de ellos, en general sin saber bien a qué se refieren y recurriendo a tópicos, pero pocos pueden certificar que los suyos, o al menos gran parte de ellos, existen de verdad y que encima tienen un origen tan remoto como la propia vida del club. Éste es el caso del Rayo Vallecano.

El jueves 29 de mayo de 1924, hacia las 6 de la tarde, nacía la Agrupación Deportiva El Rayo, desde 1947 Agrupación Deportiva Rayo Vallecano, en una modesta casa propiedad de Prudencia Priego, viuda de Julián Huerta, ubicada en la calle Nuestra Señora del Carmen nº 28, hoy calle Puerto del Monasterio nº 8. Doña Prudencia, en un acto de extrema generosidad, pues la suya era una familia humilde de once hijos, acogió en su hogar una reunión en la que los fundadores del club idearon unos estatutos básicos que establecían que todo jugador debía ser socio de la entidad y abonar 30 céntimos mensuales para cubrir gastos de material.

Los jugadores tenían que pagarse la indumentaria (camiseta blanca mandada desde Barcelona por el padre del jugador Ricardo Benavides, pantalón blanco y medias negras con, en teoría, vueltas blancas) y las botas de juego. La humildad presidió el nacimiento de la entidad, como lo ha hecho durante estos 90 años de lucha diaria por sobrevivir. En la reunión fue elegido presidente Julián Huerta, hijo soltero mayor de doña Prudencia, un modesto guardia civil de segunda. Sí, en efecto, el primer presidente de la historia del Rayo Vallecano fue un guardia civil.

LA HUMILDAD PRESIDIÓ EL NACIMIENTO DE LA ENTIDAD, COMO LO HA HECHO DURANTE ESTOS 90 AÑOS DE LUCHA DIARIA POR SOBREVIVIR

El acto fue promovido por un grupo de jóvenes que residían en la calle del Carmen, como se conocía a la calle donde nació el Rayo, todos con edades comprendidas entre los 12 y 16 años. El nombre del equipo se le ocurrió a Luis González Rubio, estudiante de 16 años. Los dos hijos pequeños de doña Prudencia, Juan, elegido capitán, de 15 años, y Modesto, de 13, debieron resultar determinantes para que doña Prudencia aceptase acoger la convocatoria. El Rayo se mostró desde sus orígenes como una sociedad caracterizada por un gran protagonismo de la juventud, tanto en los terrenos de juego como entre la afición. Surgió como lo hicieron muchos pequeños clubs a lo largo del siglo XX: los chavales empezaron a pegarle a la pelota en un descampado, el de Arroyo del Olivar, a espaldas de la casa de doña Prudencia, y arrastrados por su pasión por el fútbol imaginaron el equipo a semejanza de otros conjuntos que conocían.

 

Estos muchachos eran en su mayoría estudiantes o precoces trabajadores que tenían que ayudar a sus padres. En los primeros años de historia del Rayo proliferaron jugadores con empleo de albañil, jornalero o mozo en alguna tienda o fábrica. En algunos casos trabajaban hasta los domingos, por eso el equipo tuvo que disputar muchos partidos con menos de once hombres sobre el terreno de juego. Tal vez de aquellos años proceda el hondo respeto hacia el deporte amateur que se respira en Vallecas.

El Rayo se presentaba en sociedad el 4 de junio de 1924 a través de un sencillo anuncio publicado en el diario La Libertad. Tras saludar a todas las sociedades, federadas y no federadas, expresaba su deseo de jugar encuentros a partir del domingo siguiente, rogando contestasen a su domicilio social, calle del Carmen 28, Puente de Vallecas. Firmaba la nota el capitán, Juan Huerta.

El reto era el modo habitual para concertar partidos. Los equipos, como si se tratara de lances de honor, se desafiaban por medio de sus capitanes. El primer encuentro disputado en la historia por el Rayo fue contra el Club Numantino, conjunto del que procedían varios jugadores rayistas, concluido con la victoria de los jóvenes de la calle del Carmen por 3 a 1. La primera goleada del equipo fue un 5 a 0 frente al Relámpago F.C. Además de Rayo y Relámpago, también existía entonces la Deportiva El Trueno. Los nombres relacionados con llamativas manifestaciones de la naturaleza estaban de moda.

La costumbre de retarse para acordar encuentros se observaba también en las categorías inferiores. El Rayo tuvo en 1924, además de los dos equipos de mayores (primer equipo y reservas), dos equipos de infantiles. La importancia dada a las categorías inferiores, la preocupación por la cantera, hoy magnífico vivero de jugadores, era tal que la primera alineación publicada del Rayo Vallecano en su historia correspondió a su primer conjunto de infantiles:

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El 27 de julio de 1924, el Rayo inauguraba su primer campo de fútbol en el descampado de Arroyo del Olivar. Sería conocido como campo del Rayo, aunque con el tiempo se le conocería como campo de Las Erillas. El terreno de juego era muy irregular; antes de comenzar los partidos se limpiaba de piedras y se rodeaba de alambre para delimitar su contorno. Las porterías eran desmontables para que nadie las robara. Se guardaban tras cada encuentro en la casa de doña Prudencia. El campo del Rayo, en realidad alquilado, sería escenario de las kermesses, como se llamaban a las fiestas populares, del Puente de Vallecas, así como de un cine de verano muy concurrido.

La inauguración del campo se produjo con un partido entre el Rayo y el Sporting Club Galileo, poderoso equipo de la calle madrileña del mismo nombre. La prensa recogió la victoria vallecana por 1 a 0, ofreciendo su alineación: Perse, Gómez, Cafeto, Ruiz, Aguabella, Huerta (cap.), Sevilla, Rodríguez, Mera, González y Mateis. El tanto fue obra de Rodríguez, primer gol en la historia del Rayo del que conocemos su autoría.

El triunfo del Rayo fue posible porque ya en 1924 el equipo se caracterizaba por su afán de superación, por un espíritu de lucha que le haría superar a rivales con infinitos más medios. Este afán de superación, no reñido con el buen toque de balón que tanto gusta en Vallecas, sería recogido en el himno del club, escrito en 1952, en la famosa expresión “valentía, coraje y nobleza”.

Nacido equipo de calle, el de la calle del Carmen, hasta la Guerra Civil fue uno de los clubs más populares de Vallecas, y una vez concluida ésta se fue convirtiendo, como sabemos, en el equipo vallecano por excelencia, en un orgulloso club de barrio, el único barrio en España que contaría con un equipo de fútbol en Primera División. Desde 1924 y hasta bien avanzado el siglo XX, el Rayo, profundamente vinculado a Vallecas, participaría cada año en las fiestas del Carmen (16 de julio) y, en las primeras décadas de vida, en las de la Asunción (15 de agosto). En las del Carmen de 1925, lograría el trofeo tras un sonado triunfo ante el Perseverancia, equipo vallecano más experimentado que había sido el primero en federase, en 1923. La prensa recogió así la nueva proeza rayista:

La simbiosis del Rayo con Vallecas provocó que la afición que seguía al equipo resultase cada vez más numerosa y apasionada, hasta el punto de hablarse pronto con reiteración de una entusiasta y fiel hinchada, muy popular y reconocida en toda España. Por sus señas de identidad y trayectoria, captó pronto, además, el interés de otros barrios y pueblos próximos a Vallecas, como Pacífico, Ventas, Moratalaz, Vicálvaro o Usera, por ejemplo, y de otras zonas madrileñas y de fuera de la capital. Un buen número de aficionados, peñas y jugadores, nacerían en otros lares pero se integrarían con absoluta naturalidad en la acogedora Vallecas, habituada desde finales del siglo XIX a ser receptora de una ingente cantidad de inmigrantes.

El entusiasmo de la gente derivó en el constante surgimiento de personajes populares que se sacrificarían por ayudar al club vallecano, siempre carente de recursos. La primera en la historia fue la antes referida doña Prudencia Priego, que además de ceder su hogar como sede, vestuarios y almacén del club, lavaba la indumentaria y botas de los jugadores auxiliada por su sobrina también llamada Prudencia. Con Prudencia y su cercana manera de proceder nació el Rayo entendido como una gran familia. El 8 de agosto de 1924, el Rayo comunicaba a otros equipos a través de la prensa su decisión de no jugar partido alguno el domingo siguiente. La razón era que había organizado una excursión, habituales entonces, a San Fernando de Henares. Tuvo prioridad el fraternal viaje frente al acuerdo de nuevos encuentros.

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Cientos de vallecanos seguirían la estela de doña Prudencia y su sobrina, como doña Isabel Ruiz Valentín, que años más tarde se encargaría de bordar los escudos de las camisetas por primera vez; o la señora Marcelina, nacida en Potes (Santander), que desde el final de la Guerra Civil se dedicaría también a lavar, planchar y coser las camisetas rayistas durante más de treinta años; o su marido, don Toribio, que se encargaba del buen estado de las botas de juego; o Jacinto Culebras y su puesto de pipas; o Luis Gutiérrez con el suyo de bollos; o Luis Pérez “el chino”, directivo, segundo entrenador, masajista y hasta organizador de viajes del equipo y la afición; o Bartolo, utillero en los años cincuenta; y tantos otros. Todos ellos, y los que intervinieron del mismo modo, sacrificado y anónimo, en el día a día de los 90 años de vida del club, son historia con mayúsculas del Rayo Vallecano. A ellos va dedicado este artículo.

Casa donde se fundó el Rayo Vallecano en una imagen de los años cincuenta del siglo pasado (Foto Archivo familia Huerta-Priego)

Casa donde se fundó el Rayo Vallecano en una imagen de los años cincuenta del siglo pasado (Foto Archivo familia Huerta-Priego)

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