El penúltimo asalto de Manuel del Río

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El Estadio de Vallecas tiene truco. En sus entrañas, justo debajo de la grada de Bukaneros, Manuel del Río reparte lecciones de vida al mismo ritmo que Paco Jémez da instrucciones desde su banquillo en la superficie. En el corazón del feudo franjirrojo se reparten golpes tan duros como los de la vida misma en un barrio obrero. Un espacio protegido donde los códigos están muy por encima de los euros.

Si no respetas al rival tienes el combate perdido. Si no respetas las reglas y los horarios no llegarás ni a subirte al cuadrilátero. Si no respetas al prójimo besarás la lona antes de que suene la campana en el primer asalto. En Vallecas, solamente unos metros por debajo del brillo que rodea al deporte rey, los chavales del barrio se refugian en la escuela de Manolo y reciben clases prácticas de supervivencia.

Hubo un tiempo, ya lejano, en el que los jugadores del Rayo Vallecano bajaban a entrenarse al gimnasio. Buscaban expertos en preparación física cuando el fútbol no estaba tan profesionalizado. Esos tiempos han pasado y el vínculo entre los guantes que reparten justicia entre las 16 cuerdas y los 11 de corto que defienden la franja prácticamente no existe.

Sin embargo, los valores que la afición exige a cada jugador que viste la camiseta del Rayo Vallecano son los mismos que los que Manuel del Río inculca a todo el que se atreve a pasar la puerta del gimnasio. Disciplina, compañerismo, esfuerzo, sacrificio y constancia, siempre con respeto hacia los más débiles pero manteniendo la autoestima. Posiblemente no lo sepan, pero cada gota de sudor derramada sobre el campo ya ha tenido su equivalente sobre el ring en una historia mucho más modesta.

Manolo casi ha perdido el interés por el Rayo Vallecano. Apenas sube a la grada en algunos partidos señalados de la temporada. Ahora centra sus esfuerzos, tras 60 años defendiendo su gimnasio y su deporte, en lo único que le importa: repartir un manual de valentía, coraje y nobleza para el próximo asalto. Una historia de dedicación absoluta en la sala de máquinas del Estadio de Vallecas que bien merece una charla.

EN MANOS DE MANOLO

Ni se acuerda de los años que lleva enseñando boxeo debajo de la grada de Payaso Fofó. De hecho, creo que la cuenta ya ni le importa. Cientos de fotos y posters llenan las viejas paredes del gimnasio del Rayo. “Baja la mano, más, más, ahora, vale”, y otro chaval veinteañero le mira con respeto. Igual no sabe que quien se lo dice llevó por el mundo a Pedro Carrasco. “Pues sí, son ya unos cuantos años aquí, pero más aún los dedicados en cuerpo y alma a este oficio. Anda que no ha llovido ya desde los años de la Ferroviaria o los que entrenaban en los bajos del Palacio de Deportes de la calle Goya”, nos confiesa el propio Manolo en una mañana de actividad habitual en sus dominios.

UNA LEYENDA EN ACTIVO A LOS 83 AÑOS

Por sus manos no sólo han pasado los míticos Pedro Carrasco o Urtain, sino cientos de chavales de la calle a los que ha ayudado a ser mejores personas. “Ya sólo vienen y preguntan que cuando se van a subir al ring. ¡Tranquilos! Primero hay que aprender muchas cosas, hay que saber pegar, calentar, hacer bici, la comba, salir a correr…parece que sólo quieren hacer lo que llaman ellos boxear”.

A Manuel del Río ya le han caído los 83 años y aquí sigue, bajo el fondo de Bukaneros, impartiendo magisterio. “¿Dónde está Manolo? Ha salido a comer, pero en un rato está aquí”. Se pasa en el gimnasio del Rayo todo el día de 8 a 10 de la noche. “Sólo” lleva 60 años metido en esto y los que le quedan. “Yo también me subí al ring en mi época unas cuantas veces, pero lo mío es enseñar hasta que el cuerpo aguante”.

YO TAMBIÉN ME SUBÍ AL RING UNAS CUANTAS VECES EN LA ÉPOCA, PERO LO MÍO ES ENSEÑAR HASTA QUE EL CUERPO AGUANTE

Se acuerda de lo que era el boxeo antes. “Se llenaban los pabellones con nuestro deporte, el Palacio de Deportes, plazas de toros, asientos de madera, las gradas supletorias del velódromo, colas en la calle de horas. Ahora no queda nada de eso”. Sabe que su trabajo es seguir acudiendo a su cita en Vallecas cada día con el único fin de enseñar a los jóvenes cómo ser mejor personas. “Sólo me quedan todos estos chavales”, señalando a unos cuantos adolescentes que pagan su cuota mensual por hacer unos guantes, “y unos cuantos que al salir del trabajo recogen la adrenalina que han perdido sentados en las oficinas”.

EL FÚTBOL Y EL BOXEO

Ha llovido mucho de la época en las que los futbolistas se codeaban con los boxeadores, incluso iban a la par en muchas cosas. “En la época de Carrasco y Urtaín eran ídolos. Íbamos muchas veces al Calderón, al Bernabéu, a Vallecas a ver los partidos. Eran amigos, salíamos a comer con ellos, visitábamos las peñas, íbamos a los homenajes…”.

Preguntarle por el Rayo de Jémez ya es otro tema diferente. “Están dando una lección a todos, van muy bien en Primera División y ojalá se mantengan siempre ahí. Recuerdo que hace muchos años entrenaban aquí porque no tenían otro gimnasio. Bajaban aquí dos o tres veces a la semana y hacían algo de preparación física, porque éramos nosotros lo que sabíamos de ésto. Ahora ya tienen sus instalaciones y están mucho mejor preparados. Eso sí, cuando hay un partido importante sí que me gusta subir a verlo”.

Manolo se pone más serio cuando habla de los valores que aporta su noble deporte. “La gente se piensa que porque dos hombres se pongan a pelearse en un ring luego se van a ir matando por ahí. La honra de decir soy mejor que tú no quita que luego te tomes unas cervezas con tu rival. En esto el boxeo sí que es diferente a la mayoría de deportes”, matiza el entrenador más veterano que existe sobre la faz de Vallecas.

RECUERDO CUANDO EL RAYO VENÍA CON NOSOTROS A HACER PREPARACIÓN FÍSICA PORQUE ÉRAMOS LOS QUE SABÍAMOS, AHORA ESTÁN MUCHO MEJOR PREPARADOS

Los periódicos ya apenas hablan de su deporte si no hay bolsas de millones de dólares o de peleas por Campeonatos del Mundo en Las Vegas. “Siempre hay chavales muy nobles que despuntan, pero se terminan cansando. Esto es muy duro y hay que echarle muchas horas…y les encanta salir con los amigos de cachondeo demasiado pronto. Es una pena. Ojalá salga alguno más. La pena es que te sacrificas por ellos, por su familia y luego muchos ni te lo agradecen”.

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OLVIDADOS

Se hace difícil hablar con él en cuanto entra un chaval nuevo por la puerta. Él cobra la mensualidad, los presenta, los dice qué hay que hacer hasta la extenuación. “Saca manos al saco, para con la pelota, estira el brazo…” y Manolo me mira con esos ojos que han visto ya todo en la vida, que entran cada mañana por la cuesta de vestuarios del campo del Rayo y concluye.

“Chicos hay, pues claro que hay, están llenos los gimnasios de chavales con ganas de llegar arriba, pero falta la continuidad de ver las cosas claras. ¡Este viernes hubo boxeo en televisión y el sábado otra gala!”, contesta animándose así mismo. “Eso sín por ahí que no sé ni lo que me queda en este mundo, que llevo toda la vida aquí metido, ¡Ah! y una cosa, ¿Esto dónde me has dicho que sale? A ver si entre todos nos echáis una mano con nuestro deporte”. Grande Manuel del Río.

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