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El cementerio de Vallecas

Doce de la mañana del primer domingo de octubre. Vallecas es un cementerio fácilmente asaltable por un Betis pragmático que necesita poco más que mantener el orden impuesto por Pepe Mel para superar a un equipo sin alma. El Rayo, con una franja de mentira cruzando el pecho -que no el alma- de once jugadores desorientados, representa una dramática función que se resume en un sentimiento: las ganas de llorar de cualquier rayista cuando el silencio del minuto 24 inunda de pena su corazón.

A partir de ahí, espacio absurdo para opinar y espacio crudo para describir con hechos irrefutables lo que sucede cada vez que la supuesta ADRV juega en casa. Bukaneros ha dicho basta al sentirse humillados en los controles de acceso y abandonados por los dirigentes a la hora de defender sus derechos como abonados del Rayo Vallecano. El club, por su parte, considera que se limita a cumplir la normativa en vigor en términos de seguridad y control de acceso.

Primera conclusión, no hay animación. Siguiente novedad, parte del público recrimina al fondo su actitud en un gesto tan feo como el recíproco cuando sucede. Y es que nunca fue buena idea decirle a los demás lo que deben o no deben hacer. Así las cosas, mientras el precio del decibelio fluctúa cada semana según se dé el resultado del partido, la grada local se divide y la afición visitante disfruta. No hay más.

Sobre el césped también hay silencio, aunque en este caso futbolístico. Trashorras intenta poner orden en el centro del campo mientras el equipo se desangra en las áreas. Bebé es un gigante incomprendido que asusta a los pollitos por muy buenas intenciones que tenga. Nacho sigue a banda cambiada, Zé Castro se queja de todo menos de lo suyo, Manucho disfruta de sus ovaciones, Ebert sabe que volverá directo al once, Zhang se pasea con una chupa verde muy chula después de salir en el Marca con Roberto Gómez en Casa Lucio, Cissé es internacional sin jugar un minuto y el peor Lass que se recuerda ya viaja con su selección para regresar quién sabe cuándo.

Y en el banquillo resignación. Cada semana que pasa el rango en el que se va a mover el Rayo Vallecano queda más definido. La tentación de comprar el mensaje de los pájaros de mal agüero, con la sombra del descenso bajo el pico, siempre está ahí. Exceso de negatividad de una profecía tan alejada de la realidad como lo ha estado estos últimos tres años. Jémez es testarudo y trabajador, con conceptos tan válidos que, más que posiblemente, serán suficientes para dejar por detrás a tres estudiantes más torpes que los de Vallecas a final de curso.

Aspiración insuficiente para la exigencia -y el coste- de un técnico con esperanzas de hacer cambiar cosas que nunca van a cambiar. A estas alturas ya sabe que el Rayo da para satisfacer sus

necesidades económicas, pero no para más. No hay crecimiento estructural, ni lo va a haber.

¿Más crudeza? En Vallecas hay energúmenos que insultan a rivales, colegiados y jugadores propios. Lo hacen rodeados de niños desde múltiples puntos de la grada. Seguro que lo han hecho siempre y que con el silencio se les escucha más, seguro que hay equivalentes en otros estadios, seguro que tienen el corazón a las mismas pulsaciones que los jugadores que faltan el respeto al árbitro y seguro que tienen mil justificaciones que esgrimir en sus perfiles de redes sociales. Tan seguro como que deberían ser identificados y expulsados como abonados del club más pronto que tarde.

En definitiva, otro domingo de tristeza en el cementerio para una entidad y una afición que deberían estar disfrutando de una época dorada. La siguiente visita a los huesos de las franja queda fijada para el viernes 23 de octubre, después de una semana de parón por las selecciones y otra de parón por desigualdad en el Nou Camp. Si los de 1924 levantasen la cabeza….

RHOpinionFirmaJCO

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